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Génesis de las Razas (Neufra sin terminar)

Mensaje por Neufra el Miér Nov 11, 2015 4:40 pm

Y del Sol vino la vida…

Una estrella rodeada de mal llamados planetas titilaba en mitad del basto Universo. En uno de esos breves parpadeos escupió con violencia un gran fragmento de sí misma que fue a parar a uno de esos planetas rocosos, sombríos y eternamente congelados, con océanos de nitrógeno que fluían por las superficies raudos y vibrantes al compás de su único satélite que rotaba alrededor del planeta en una danza sin fin.

Al irrumpir el fragmento con la superficie sometió al planeta a tensiones inenarrables y cruentas erupciones volcánicas, sacándole de su actual orbita e insuflando una chispa de calor a aquel árido lugar. El nitrógeno, que hasta en ese momento había estado en su forma líquida, de repente irrumpía violentamente a la atmosfera en fumarolas de gas por todo el mundo, e inmensos mares de agua congelada que aguardaban estáticos en gritas profundas, ahora fluían libremente por la superficie, haciendo a las montañas a un más altas y dejando entrever gigantescas islas y continentes que en otrora estaban cubiertos por el nitrógeno.

En el lugar del impacto, una gran parte del planeta se desprendió y salió flotando a la atmosfera, otorgándole otro pequeño satélite, en este caso rojo brillante y de superficie siniestra para el ojo del gentil. El lugar donde antes ocupaba la luna escarlata, se encontraba un inmenso cráter repleto de materiales incandescentes, al blanco vivo, que supuraba como una ulcera sangrante en el rostro del planeta. Espectaculares nubes de vapor salían despedidas de la zona según el agua entraba en el lugar, y ni todos los océanos del mundo fueron capaces de apaciguar el fuego que fulgía de los interiores del cráter, parecía que los fragmentos de la estrella tenían energía propia y se negaban a sucumbir obstinadamente cuando su vida aún estaba empezando su camino. En milenios posteriores se diría que siete fueron los fragmentos que vinieron de la estrella, y que entre los siete dieron vida a la gran madre de Ki, el nombre que le dieron a ese mundo.

La gran madre, o Tiamat, como se le conocería en tiempos posteriores, no era más que una entelequia, al principio muy simple y con tan solo un puñado de impulsos primarios, pero que a posteriori se convertiría en un ser con pleno conocimiento de su entorno y de sí misma. Su mera presencia en el planeta lo cambio drásticamente inundándole de vida, repleta de una gran fertilidad. Rápidamente, Ki, se embistió de un gran traje escarlata de vegetación de diversas formas y tamaños en sus partes secas, y una vistosa capa zafiro donde brillaban vibrantes sus océanos de agua clara con una espectacular variedad de animales primitivos y ávidos de vida. El único rastro que quedo de esta extraordinaria terraformación con el paso de los milenios, fue un gran ojo rojo brillante, con unos grandes parpados de montañas en la faz del planeta conocido en el futuro como el Pozo de Darvaza, donde Tiamat aguardaba y evolucionaba, vigilando con avidez la superficie de su nuevo hogar.

…Y de la oscuridad vinieron las guerras….

Estos sucesos no pasaron inadvertidos a los Ba’al, seres sin forma que se alimentaban de las propias estrellas dejando pozos de oscuridad infinita a su paso. El que parte de una estrella cobrara vida y la diera a un planeta les resulto algo insólito digno de estudio. Para investigar el suceso mas afondo mandaron a sus siervos los El para investigarlo y si llegara el caso, llevarles los fragmentos vitales de la Gran Madre de Ki.

Los El eran también seres sin forma pero mucho menos poderosos que los Bahal. Eran cúmulos de energía autoconscientes que vagaban por el universo para llevarles información a sus bien amados amos. Pero en ocasiones, los Ba’al imbuían de su energía a sus siervos mas dignos para que pudieran hacerse corpóreos y así emprender misiones que de otra forma les resultaría imposible, y para el estudio de Ki estaba claro que iba a ser una de esas ocasiones.

A Ki, los Ba’al mandaron a los Septarcas, los siete El más poderosos acompañado de muchos otros de bajo nivel y sin forma que les servirían como nexo de comunicación con sus amos en el plano incorpóreo, pero de poco o nada sobre el terreno si la investigación se complicaba, como pronto comprobaron al llegar a Ki.

Al principio, la llegada de los foráneos pasó desapercibida, aunque no por falta de ojos, ya que cuando los Septarcas llegaron con su forma corpórea, siete bellos humanoides alados, les sorprendió ver la gran cantidad de vida que poblaba el hermoso planeta y sus diversas formas y tamaños. Esto de inmediato les enamoró y se sintieron hechizados por las maravillas de ese lugar, en parte por su belleza, y en parte por la energía que desprendía, la cual les hacía sentirse vivos de una manera que nunca habían conocido en sus largos viajes. Esta embriagadora energía les cautivó y la llamaron como el propio planeta Ki, aunque muchos dirían a posteriori que el planeta adopto el nombre de la energía vital que descubrieron los El a su llegada. De igual modo, se convirtió en una droga adictiva desde el principio a la que no renunciarían sin luchar, tanto los Septarcas como los millares de EL incorpóreos que circunvalaban el planeta, que con el tiempo se convertirían en millones  al escuchar esta increíble noticia y probarla por sí mismos. Noticia que cabe resaltar, se le fue omitida por completo a los Ba’al por un acuerdo tácito entre todos los El.

En que los Septarcas se maravillaban y se empapaban del Ki, otras energías menos numerosas pero no por ello poco poderosas les aterraban en ocasiones, pues poco tardaron en averiguar que ese maravilloso planeta primitivo tenía guardianes muy por encima de la vulgar fauna y flora que lo poblaba. Los guardianes eran seres poderosos y terribles, en muchos casos, elementos primarios hechos carne que al igual que los EL, les fascinaba el Ki y se nutrían de él.

Los hijos de Tiamat, como los llamaron los EL, y no con falta de razón, ya que todos los guardianes eran vástagos de la Gran Madre, eran seres muy celosos de su hogar y desde el primer momento en que se encontraron con los invasores, surgieron las hostilidades para tratar de expulsarlos de Ki. En multitud de ocasiones, surgían de las entrañas de la tierra con la apariencia de grandes bestias aladas y escamosas encarnando a las llamas refulgentes de las estrellas y así dominar los cielos. Para el domino de la superficie, los guardines se manifestaban como grotescos seres cuadrúpedos, pero que aun así disponían de otras dos extremidades superiores para blandir toscas pero letales herramientas, estos seres encarnaban las montañas y llanuras, y obtenían gran parte de su poder de la relampagueante energía de las tormentas. Por último, encarnando los océanos, los hijos de Tiamat tomaron la forma de descomunales serpientes marinas tan indómitas e irascibles como los propios mares, perfectas para dominar las profundidades acuosas del mundo.

...De la ambición vinieron las razas...

Los rivales de los Septarcas eran poderosos y mucho más numerosos, pero esto no menguaba ni un ápice la resolución de los El para quedarse en el planeta y seguir disfrutando de codiciado Ki y las bellezas que aportaba ese mundo. Les informaron de las maravillas del planeta a los Ba’al, pero siempre obviando la energía extraordinaria de la que se habían vuelto adictos. Esto altero drásticamente la naturaleza de los El, ya que nunca antes habían mentido a sus amos, y este hecho desencadeno una suerte de acontecimientos extraordinarios en el trascurso de la historia de Ki.

Tras una obstinada insistencia por parte de los Septarcas, los Bahal accedieron a sus tenaces pero educadas exigencias y les imbuyeron de una serie de dones dignos de los propios Bahal, los cuales quedaron exhaustos tras la ceremonia y empezaron prematuramente con su hibernación que duraría varios milenios.

Con estos nuevos dones, los Septarcas volvieron a Ki y de inmediato se pusieron manos a la obra para la colonización de esta tierra indómita. Ya que los Guardianes les superaban en número y fuerza, decidieron crear un ejército a la altura de sus ambiciones, y así fue como del barro combinado con la propia esencia de algunos EL, que hasta el momento solo habitaban de manera incorpora en la Esfera Exterior, surgieron los Nephilim, una raza de inmensos humanoides con fuerza y brutalidad incomparable. Con un cuerpo de carne y un espíritu de EL que lo manejaba como un títere desde su interior parecía que nadie podría parar a esta fuerza de combate descomunal, y así fue, al principio.

Al principio, los encuentros entre los Guardianes y los Nephilim eran casi fortuitos, pequeñas escaramuzas. En estos breves encuentro la brutalidad y ambición de los El que vivían dentro de los Nephilim se imponía a la inexperiencia y poca disciplina de las bestias guardianes de Ki. Esto hizo albergar esperanzas a los Septarcas de que la guerra duraría poco, pero pronto comprobarían que estaban muy equivocados. Tras unos pocos cientos de años de escaramuzas, al fin se produjo la primera gran contienda, la Batalla de las Llanuras. Dichas llanuras eran un inmenso pastizal de hierba verde y alta, pero que a los pies de los contendientes parecía un campo recién segado, y aun asi fue capaz de acoger a más de un millar de Nephilim en un bando, y otro tanto de Annedotis y los enormes Musarus por el otro. Nadie negaría a con posterioridad que la batalla fue una autentica carnicería que rego de sangre de ambos bandos las verdes praderas de la extensa llanura. Incluso los El, que habían propiciado esta lucha con sus ansias de conquista se quedaron horrorizados de la barbarie que ahí aconteció ese día. Aun asi, en nada se enfriaron sus ánimos, ya que la muerte de Nephilim le suponía muy pocas perdidas a los El, ya que cuando la carne moría, el El moraba en su interior volvía ileso a la Esfera Exterior, o eso pensaban los Septarcas, porque en realidad, cuando un El que había habitado en un cuerpo volvia a la fria oscuridad de la Esfera Exterior, volvía cambiado y con unas ansiedad implacable de volver a correr, comer, respirar y tocar, sobre todo tocar y sentir el cálido sol sobre su piel y la hierba bajo sus pies, aunque fuera la sangrienta hierba de las llanuras.

En cambio, cada guardián que perecía en la lucha, suponía un dolor inenarrable para Tiamat, pues al fin de al cavo no dejaban de ser sus hijos, únicos e irremplazables, seres hermosos a sus ojos. Por lo que el odio y el dolor que inundo a Tiamat el día de la Batalla de las Llanuras fue inenarrable. Esto provoco que muchos sentimientos perversos arraigaran en lo más profundo de su interior, y contaminasen a los siete Fragmentos Estelares, su esencia misma y fuente vital. La naturaleza de los Fragmentos Estelares se altero para siempre, y un nuevo tipo de energía brotaban de ellos e irradiaban Ki, una energía más fría, más siniestra, y que claramente cambiaria el curso de la guerra.

Los que percibieron este cambio con mayor intensidad fueron los guardianes, transformándolos internamente de una manera drástica. Se convirtieron en bestias mucho más indómitas, agresivas y brutales, solo movidas por sentimientos primarios y sin apenas capacidad de raciocinio, sobre todo los Drakkar. Las grandes bestias aladas incendiaron los cielos de pura cólera y eran capaces de desafiar a los Septarcas en su terreno. El poder de todos los guardianes también creció, ya que Tiamat vertía todas sus energías en ellos para aniquilar hasta el ultimo invasor, aunque eso llevase a su propia desaparición. Los habitantes de Ki dejaron de luchar por su tierra y ya solo les movía la venganza.

Desde entonces, pasarían casi mil años hasta que los El volvieran a ganar otra batalla. Los Nephilim se habiam vuelto poco eficaces para la el nuevo empuje de los guardianes,  grandes y vulnerables a taques desde el cielo. En ese tiempo los Septarcas experimentaron creando otras razas, mas pequeños, algunos con escamas como los Guardianes salidos de los rios, otros creados de las rocas, incluso la desesperación les hizo probar con la vegetación, con inmensos arboles vivientes antropomorfos, que claramente fueron muy vulnerables a al fuego de los Drakkar, su principal enemigo. Aunque en cierto modo, estos experimentos daban buen resultado, todos presentaron un fallo vital, los El inferiores que utilizaban para animar a estas creaciones acaban por desertar, huir y esconderse, para poder seguir disfrutando de su nueva vida corpórea. Además, un mal empezó asolar a todos los El que poseían a uno de estos seres. Se sospecho que vino provocado por el cambio que sufrieron los Fragmentos Estelares desde la Batalla de las Llanuras, por lo que lo llamaron Mal de las Llanuras. El Mal de las Llanuras consistía, que cuando los EL poseían a estas grandes criaturas y luchaban intensamente en su interior, acababan con el tiempo por perder la memoria, la razón, e incluso por la causa por la que luchaban. Se volvían en seres simples y en muchos casos estúpidos que solo les movía el hambre y la auto-conservación. De nada serbia tener un Nephilim o un Troll en tus filas con miles batallas a sus espaldas, si toda esa experiencia se les acababa olvidando y volvérsete en contra en el momento crucial de la batalla, comportarse de una manera impredecible y salvaje.

…Y de la desesperanza, llegaron los Dahar.

Con el gran numero de deserciones y afectados por el Mal de las Llanuras entre las principales filas de los EL, los Septarcas comprendieron que ya no podían utilizar a los El que permanecían en el Sheol, pues cuando poseían a un ser todo acababa en desastre mas tarde o temprano.

Llegaron a la conclusión que si querían ganar esta guerra tenían que crear seres autosuficientes e independientes, que no se dejaran influenciar por el Ki. En los casos anteriores siempre habían una materia prima inerte o primaria, las rocas, los el barro, la arena de los valles y el agua de los ríos. Pero ahora un elemento vivo, lleno de la extraordinaria vida que poblaba el paneta. Empezaron con los grandes árboles primitivos y en pequeña cantidad, pues ya habían aprendido de los errores. Grandes seres antropomorfos cubierto de cortezas y vegetación surgieron de las profundidades de los bosques primitivos de Ki. Y aunque la nueva raza prometía, al no deber ninguna lealtad a los El, simplemente hicieron lo que les dio la gana y se quedaron en los bosques que habían surgido. Para la siguiente generación, volvieron a utilizar la vegetación como materia prima, pero en este caso utilizaron la esencia varios El inferiores del Sheol con el fin de crear un vinculo primario con sus creadores y así conseguir una cierta lealtades. En este caso no era una posesión, si no una hibridación completa, una raza autosuficiente con un espíritu propio y sin casi influencia del Ki. Se les llamado Trasgorc, y eran unos seres pequeños, ingeniosos y muy numerosos, sus vestigios vegetales hacían que su reproducción fuera sorprendentemente alta. Eran buenos luchadores pero carecían de coraje, algo de lo que sus creadores se dieron cuenta tarde. Al parecer, los El que se utilizaron para la hibridación resultaron ser de los primeros que poseyeron a los Nephilim, y eso les dejo un trauma que heredaron accidentalmente los Trasgorc. Aun asi, en grandes números y acompañados de Nephilim que aun no se habían visto afectados por el Mal, resultaban ser bastantes utiles.

De todos modos, los Septarcas no estaban contentos con el resultado y siguieron experimentando con afán.

La segunda raza fueron los Koalt En este caso utilizaron a una fauna primitiva del planeta para la hibridación, ya que la reproducción incontrolada de los Trasgorc les había preocupado, aunque efectiva en tiempos de guerra, en tiempos de paz resultaría una amenaza para la supervivencia del planeta, un problema que no cabía duda que tendrían que solucionar mas tarde o temprano. El sistema de desove que utilizaban los reptiles les pareció algo más manejable. En este caso utilizaron El del Sheol mentalmente estables y ansiosos de servir a sus amos para la hibridación, lo que proporciono una raza fiel aunque algo lenta de acción, lo que irritaba de sobremanera a los Septarcas. Parecía que la comunión de los Koalt con cierta fauna era sorprendente, tanque que a algunos los podían dominar o domar. Otro efecto inesperado era su gran entendimiento del Ki, lo podían manejar y manipular a su antojo creando meteoritos de la nada o terremotos sin previo aviso, comprendían su entorno y lo dominaban a unos niveles que ni los El podían alcanzar. Este efecto inesperado hizo meditar a los Septarcas para intentar comprender por qué había sucedido, y llegaron a la conclusión que se debía de la cantidad de Ki que posean los seres que utilizaban de materia prima. Al llegar a esta conclusión, decidieron crear la tercera raza extraída del propio Ki, los Dahar.

Los Septarcas estudiaron el Ki con detenimiento largo tiempo para no cometer más errores, y entendieron que era una materia muy voluble y caprichosa, y que tan solo utilizando las esencias de los El de rango superior para la hibridación podían garantizarse una cierta lealtad hacia ellos por parte de los Dahar. El proceso fue largo y excautivo, además, genero ciertas animadversiones de algunos El superiores hacia los Septarcas, pero no pasaron de eso. Aun así el sacrificio valió la pena, y del propio Ki surgió la raza de los Dahar, seres gráciles y bellos, parecidos a los Septarcas y fieles a ellos, con gran astucia y sabiduría y raudos de acción, algo que satisfago a sus creadores después de la decepciónate lentitud de los Koalt. Al igual que estos, tenían una comprensión absoluta del Ki, incluso mayor en algunos individuos, y se desenvolvían perfectamente por el planeta. Su mayor inconveniente era su fragilidad y escasos numero, pues su gestación fue agotadora y no se pudieron hacer en un número importante. Para intentar solucionar el problema del numero, los El le dieron un segundo genero a la raza, el femenino. Aunque la féminas de los Dahar eran terriblemente escasas al ser creadas a posteriori, su presencia unido a la inmortalidad propia de su raza, hizo que crecieran sensiblemente en número y se pudieran mantener. Esto también propicio, que las féminas Dahar se las encumbrara a lo más alto de la jerarquía de su raza como un elemento vital de ella, y fueran proclamadas sus líderes y embajadoras ante los EL.

Fue en este justo momento, cuando los El volvieron a ganar su segunda gran batalla, lo que asestaría un duro golpe a los Guardianes de Ki. Nidos enteros de Dragones fueron encontrados gracias a la astucia de los Dahar, los cuales capturaron a millares de sus huevos para evitar que eclosionaran manipulando el Ki que les rodeaba colocándolos en unas cuevas preparada para ese fin en la región donde se asentaron los Dahar. Esto enfureció a los dragones, y se volvieron aun mas imprudentes de los normal, y en la batalla que se llevo a cabo en las Montas del Norte con el fin de rescatar los huevos capturados, los dragones volaron muy cerca de las cumbres y entre los valles, posibilitando su intercepción desde las altas montañas y así poder acabar con ellos. Esta batalla, la cual fue planea íntegramente por los Dahar, dejo evidente la gran valía de esta raza.

Poco a poco, los Septarcas empezaron albergar esperanzas para la pronta conclusión de esta funesta guerra gracias a su creciente ejército, que poco a poco, y generación tras generación fue haciéndose mas grande y poderoso. Aun así, para que su ejército estuviera completo necesitaban a alguien que les fabricara armas y armaduras, sobre todo para los frágiles Dahar. Todas las razas hibridas tenían una cierta autosuficiencia para crear objetos y útiles para su vida diaria, pero tenían una comprensión muy pobre sobre los elementos minerales del planeta, por lo que sus armas eran de escasísima calidad. Para algunas razas no era un problema muy acuciante, pero los Dahar fueron extremadamente exigentes y persistentes en este temas, reclamándoles una y otra vez a los El armaduras para protegerse de las llamas y garras de los dragones. Los Septarcas por fin accedieron y así nació la cuarta raza.

Los Septarcas estudiaron largo y tendido sobre las minerales del planeta, y hibridándolos con algunos El y la esencia de las montañas, crearon a la ultima raza, los Nay. Seres bajitos rudos y compactos, con dos generos como los Dahar, extremadamente longevos pero en este caso no eran inmortales, ya que los Septarcas no necesitaban que lo fueran, pues pronto acabaría la guerra, y la densidad de población crecería de forma extraordinaria si no.

Pronto los Nay dejaron valia de sus grandísimas capacidades para la creación de los objetos. Ningún metal se les resistía y los manipulaban con grandísima destreza. Aunque menos que sus hermanos los Dahar y los Koalt, los Nay también tenían comprensión del Ki, pero solo lo manipulaban es sus obras de arte más selectas, y de este modo, en sus comienzos es cuando se crearían los mas grandes objetos energéticos, o mágicos como lo llamaban las razas mas vulgares, se crearían jamás. Aunque nadie se creerá en tiempos posteriores que los Nay se olvidasen de las maneras de crear tales prodigios, y se decía que estos pequeños seres guardaban sus grandes obra solo para ellos. Aun con todo cumplieron con las expectativas de sus creadores y pronto, todo el ejercito de los El fue bien provisto de una cantidad enorme y variada de armas y armaduras.

De lo imprevisto llego el Hombre…

Aunque la victoria de los El parecía mas próxima que nunca, muchas cosas sucedían al margen de su voluntad. Tiamat seguía siendo la dadora de vida en aquel planeta que en otrora fura yermo e inerte, y aunque los Septartas hubieran aprovechado ese hecho a su favor y así poder crear seres vivos e independientes, todos seguían vinculados al Ki y a su caprichosa manera de obrar.

Aunque los Nay fue la última raza en surgir de manos de los El, hubo otra que surgió después. De los primeros seres creados como marionetas para los El del Sheol y que posteriormente se perdieron a sí mismo por el Mal de las Llanuras, hubo algunos que evolucionaron, y por caprichos del Ki, se fusionaron e hibridaron ellos solos con el El que portaban en su interior. De este peculiar modo surgieron los O´gor, seres grandes como Trolls, algo torpes y aunque nadie se lo podía explicar se sabía que eran capaces de reproducirse. En comparación a sus hermanos perdidos en la bruma del Mal, eran tremendamente inteligentes, y aunque fue el propio Ki su hacedor y solían ser algo impredecibles, casi todos los O’gor eran extrañamente leales a los El. Los Septarcas, al enterarse de su existencia y al ver que les eran leales, los incorporaron de inmediato a sus filas, no podían desaprovechar la oportunidad de un aliado inesperado como este.

Pero pronto aprendieron los Septarcas, que lo que el Ki te da con facilidad, también te lo puede quitar igual de rápido. Mientras se ultimaban los preparativos para el asalto al Pozo de Darvaza, la fortaleza montañosa donde se refugiaba Tiamat y lo que quedaba de su linaje, todos los hibridos empezaron a hacerse preguntas que nunca antes les había surgido. Empezaron a preocuparse sobre su lugar en ese mundo y el porqué debían acabar con la Gran Madre, ya su esencia fluía por sus venas y tan madre era de ellos como de los guardianes que combatían. Los Dahar hicieron eclosionar unos pocos huevos de dragón, en un principio para averiguar si se pudieran utilizar para usos militares en la guerra, pero pronto averiguaron que eran seres inteligentes y en ocasiones afables, que tenían tanto derecho a vivir como ellos. Los Nay encontraron fascinante las entrañas del mundo y las maravillas que atesoraba en su interior, y cada vez menos se les veía en la superficie tebajando y luchando para mas gloria del Ejercito de los Septarcas. Tanto los Trasgorc como los Koalt, su pusieron en armonía con lo que les rodeaban ya que se sentían parte de ello. Y los O’gor, aunque en un pricipio se mostraban leales a los El, no dejaban de ser criaturas muy independientes a las que no les gustaba seguir órdenes a ciegas. Ninguna de las razas se reveló abiertamente y aunque con reparos, seguían las ordenes de los Septarcas, pero no sin antes con un tremendo esfuerzo por parte de estos para convencerlos. Asi pasaron décadas, el la batalla final, que antes se viese tan próxima, nunca llegaba ya que el esfuerzo que invertían los Septarcas para reunir a las 5 razas en un mismo lugar con un mismo objetivo les dejaba exhaustos, y decidieron que esto no podía seguir asi. No tardaron en averiguar, que el repentino cambio de aptitud de los híbridos se debía fundamentalmente a la naturaleza del Ki, la cuan había cambiado y con ella la lealtad que tenían las razas hacia los El, sobre todo cuanto más cercaban el círculo alrededor del Poza de Darvaza. Esto les suponía un problema enorme, ya que poco era el poder que les quedaba de los Bahal en su interior, y lo que fueran hacer, sería su último milagro. Se les presentaban el dilema, que si gastaban ese último milagro en crear otra raza, a la larga acabarían teniendo el mismo problema. Algunos de los Septarcas proponían consumir el Sol, como lo harían sus amos, o incluso despertar a los Bahal para que lo consumiera por ellos, ya que sabían que gran parte del poder de Tiamat provenía del astro, pero eso también acabaría con Ki y su extraordinaria energía, y a eso, ninguno de los siete estaba dispuesto a renunciar. Pero al recordar a sus amos, lo cual no hacían hace muchos siglos, le vinieron a la mente los innumerables soles devorados por los Bahal, y los sistemas planetarios que giraban alrededor de ellos, algunos con vida y unos pocos de ellos con seres los suficientemente inteligentes y desesperados para que ayuden a los El en sus planes. Buscaron el rastro de soles moribundos que dejaron sus amos antes de su hibernación, dieron con unos pocos planetas con indicios de seres inteligentes, pero solo en uno aun había vida. Unos pequeños seres que se autodenominaban Hombres y se encontraban sumergidos en la desesperación y en el miedo al ver que su sol se iba apagando poco a poco y cada vez hacia mas frio.

El plan de los Septarcas era aprovechar los últimos restos de poder que los Bahal les habían cedido, y con el abrir un portal entre este mundo moribundo y Ki, para que estos hombres, que no estaban de ninguna manera influenciados por el Ki, les ayudase a ganar su guerra. A cambio, los El les dejarían quedarse en Ki y así, los supervivientes a la última gran batalla, podrían perpetuar su especie en ese nuevo mundo. Muy poco les costó a los Septarcas convencer a los hombres de que ayudándoles en la guerra por Ki, se ayudaban a sí mismos, pues además de que no tenían ninguna otra mejor opción, veían a esos seres alados y todopoderosos como dioses enviados a auxiliarlos. Huelga decir, que los El nada mencionaron a los hombres, de que el poder que iban a utilizar para trasportarlos a Ki, provenía de los mismo seres que habían acabado con su mundo, al igual que el origen de los El, pues al fin de al cabo eran sus sirvientes.

Para llevar a cabo el Éxodo de los hombres, los Septarcas dispusieron de dos enormes pináculos en cada planeta y en cuya base había un gran pórtico, por el cual viajarían los humanos. Tres de los Septarcas para cada pináculo fueron necesarios para abrir el portal y mantenerlo estable mientras durase la lenta transición de los humanos atreves de él, por lo que el séptimo Septarca estuvo en todo momento organizando la transición, ayudando a los niños, cargando con aperos y bestias que también viajarían en este éxodo por insistencia de los hombres, esto creo un fuerte vinculo de este Septarca con los humanos, los cuales lo llamaron Mikha el El.

Algunos de los híbridos ayudaban en el otro lado del portan para recibir a la marabunta de estos seres desarrapados y malnutridos, aunque la mayoría desconfiaba de este último plan de los Septarcas, ya que no les habían dicho a que era divido la llegada de esta lastimosa raza que procedía de un lugar tan lejano. El choque de razas y culturas fue brutal, aunque la mayoría se parecían en los rasgos más importantes, dos ojos, dos brazos dos piernas… etc… El ver tanta diversidad de formas y tamaños asusto a los pobres Humanos, pues lo único que habían conocido antes de la llegada de los El a su planeta eran a otros humanos.

Lentamente iban pasando los humanos por ese extraño portal. La cantidad era enorme, mucho mas de lo que esperaban reunir los Septarcas, la desesperación de los humanos era grande y veían ese extraño viaje como su única opción de supervivencia. Pasaban sin cesar hombres de distintas razas y procedencias. Los había desarrapados, con tan solo unas pieles por encima y con una mugre que contrastaba con su tez blanca y ojos claro, también había algunos con vaporosas vestiduras, una tez aceitunada y ojos almendrados. También había hombres de piel negra y otros con ojos rasgados, pero los que más impresionaron a los Híbridos fueron las incesantes columnas de soldados. Todos procedían de distintas regiones de su planeta, o eso parecía por la variedad de su armamento y vestimentas. Los que parecían más poderosos eran unos de la piel aceitunada que conducían unos carros tirados por unas bestias que a los Dahar les maravillaron, bestia que los hombres llamaban caballos. Estos mismo soldados también los montaban llevando largos y robustos palos acabados en puntas de metal, o simplemente iban a pie en formaciones organizadas con grandes escudos y espadas curvas y afiladas. Y aunque todos parecían muy fieros y temibles, seguían con sumisión las ordenes de un solo hombre que destacaba del resto por sus vestiduras y por un extraño casco de un metal dorado al cual todos los aceitunados veneraban y se postraban ante él y ante el hombre que lo portaba. Otros que parecía que iban siguiendo a algo, pero en este caso en vez de ser un casco, era un palo culminado por una figura dorada de un animal, y que impresionaba su número y su disciplina, eran unos con una tez y cabellos más claros que los aceitunados pero muy parecidos a ellos, y aunque no se les veía tan poderosos, el numero de sus tropas a las que llamaban Legiones era espectacular.

El concepto de seguimiento a un líder o a un símbolo, se repetía con el resto de tribus distintas que pasaban el portal, algunos seguían a guerreros fuertes, otros a ídolos de metal y la mayoría a personas que habían nacido de otras personas que anteriormente habían portado uno de estos cascos, pero todos tenían en común el autogobierno. Esto impresiono muchísimo a todos los híbridos, ya que nunca los habían visto antes, ellos simplemente obedecían a los Septarcas, ya que eran sus creadores, pero nunca se preocuparon en autogobernarse, pues iba en contra de su naturaleza mas primaria, aunque últimamente, el que mas o el que menos tenía una creciente sensación de que algo no encajaba, y no habían sido tan obedientes con los El como se esperaba de ellos.

Todos los Animas, hasta los más caóticos como los Trasgorc, adoptaron este concepto y empezaron a coronar o nombrar lideras. Los primeros en hacerlo fueron los Nay, coronando a su líder con una extraordinaria corona del mismo metal amarillo que adoraban los humanos y que los Nay conocían bien, pero debido a ser tan pesado y blando, nunca le encontraron utilidad para los útiles de guerra que les mandaron construir los Elohim. Al ver la maravilla creada por los Nay, pronto no tardaron en llegarles encargos de los Dahar y los propios humanos. Por su parte los Koalt hicieron un consejo de sabios y los Trasgorc y los O’gor, nombraron a caudillos. Y así los Septarcas dejaron de ser los lideres y por ende los Elohim se convirtieron en una raza mas en toda esta amalgama, las cuales luchaban por un único fin, le permanencia en paz en este dichoso planeta. Ahora para planificar tácticas y estrategias tenían que celebrar foros de líderes o consejos, lo que fue alargando aun más el conflicto. Este suceso inesperado do ayudo mucho para que la numerosa raza humana se pudiera asentar con comodidad en el nuevo planeta, algo necesario, pues el éxodo completo duro muchísimo tiempo. Al concluir los Septarcas acabaron exhaustos y solo Mikha estaba en condiciones para organizar el asentimiento, el cual duro años combatiendo así a Mikha como el El más cercano a los humanos.

Tras el asentamiento de los humanos, los nombramientos de los líderes de las razas y la plena recuperación de los Septarcas, se lanzo por fin el asedio al Pozo de Darvaza.


Continuara.....................
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